viernes, 26 de febrero de 2010

Poemania Nº 107 - Rafael Felipe Oteriño

POEMANÍA

la manía del poema…

Hoja literaria de aparición virtual

Nº 107/2007





“Cuando se escribe un poema,

se pone en él todo lo necesario:

el lector debe escucharlo tan claramente

como si uno mismo estuviera

allí leyéndoselo...”

Philip Larkin






Poeta invitado: RAFAEL FELIPE OTERIÑO (*)






LO MÍNIMO



Tardamos años en comprender lo mínimo:

el golpe de la piedra en el agua,

la espuma desvaneciéndose en la orilla,

la hoja que se revela al trasluz

y contagia su danza. Su abstracto jardín.

También en ellos está la mano de Dios:

más íntima, menos dolorosa, libre

de su lección moral. Dios sabe por qué.







LA LECCIÓN DEL MAESTRO



a Fredi Guthmann



A diferencia de la rosa,

que, de nacer plegada, vuelta

sobre sí misma, en unido capullo,

con los días va estirándose,

ensanchándose,

el espíritu, por oposición,

a medida que crece se adelgaza,

tiende a desaparecer de lo visible.



De lo anudado, untuoso,

con huellas de nacimiento, a la acritud

de no ver más que pájaros volando

hacia un cielo desconocido,

hay apenas

un paso, que se cumple fatal

como diciendo: “este es mi reino,

una corona que se deshace”.



Pero es sólo el primer paso

de una sucesión en cuyo término

está la desnudez;

cuando, perdida la rosa,

se recupera la Rosa,

y después, nada:

una palabra haciendo el amor

con otra.



El viejo sabio

que llevamos dentro, inicia entonces

el verdadero camino, aquél

para el que se preparó

desde el principio: liberarse

de toda esclavitud, de toda carga

humana, dejando a la muerte

un lugar vacío.



Lejos de tanto universo.







EL ORDEN CLÁSICO




El orden clásico, las formas clásicas:

el dintel sobre el muro, la moldura por debajo del techo,

los rectos pasillos con ventanas a un lado;

al otro, el tesoro y, más adentro, el arcano;

los muros anchos, asentados en profusos cimientos,

la simetría de las arcadas

(de dos en dos, de cuatro en cuatro),

y en el centro, la escalera escoltada por bayas.


Eso duró poco.

Leonardo creyó que lo reinventaba para siempre;

era, a su modo, un pagano;

pensó que ya no sería el bosque nuestro adivino

ni una lengua de fuego la ley del mundo;

menos aún, que guardaríamos en las encías

sabor de sangre y huesos de la caverna.


Fue un episodio fugaz,

que hoy leemos en los libros de arte.


El propio Bernini,

de joven, adormilado por clásicos; de viejo, barroco,

sintió titubear la alegoría

y, con la compulsión de un creyente,

levantó columnatas en forma de abrazo,

situando el Baldaquino en el centro de la nave,

como para que no quedaran dudas

de que la seguridad

había llegado a su fin.



Obra allí, en la cuna de Roma,

como un Fénix cansado de tanto volar.

Que muere y resucita, ata y desata,

condesciende a que le besemos los pies

y luego huye (sus cúpulas son, desde entonces,

nuestra Anunciación y espada),

recordándonos

que no era confortable la tierra

ni calmo el cielo.







NUESTROS PRIMEROS PADRES



I



No temas: escribe sobre sus cuerpos,

porque ellos ya no están; dales de beber

el llanto insomne de la lluvia,

porque no recuerdan; agita a su alrededor

el ala breve de la luna y el vacilar

de la rueda de molino -acostúmbralos

a estar despiertos siempre-, y condúcelos

de pie hasta el final, y más alto.



Tienen raíces en el pelo

y una piedra en el corazón,

y dedos de agua para contar los pasos

de su distancia hasta aquí.

Conserva, de su vestido,

el lazo que les rodeaba la frente

y la hebilla de metal,

para reconocerlos después, si se extravían.



Lejos de los calendarios, libres

del nombre, exentos de ver

y de no ver (imagino para ellos

una pequeña ventana); más lejos aún

del amanecer dichoso,

de la palabra envilecida,

de las vísperas, de las cerrojos.



Aspa, rueda, molino: sus nuevos nombres.




II



Todo esto también los sobrevive:

la linterna encendida,

el bosque que llevaban dentro,

pájaros en vuelo y estrellas fijas.

No eran de ellos: flotaban insumisos.



Perecederos no en las cosas

sino frente a las cosas,

desgranan su excesiva sombra

como relojes de arena

que se negaran a hablar.



Por laderas y puestas de sol,

por arrecifes y árboles altos.

Hasta que de su sangre quemada

brote un camino.

Hasta que no brote nada: ni un camino.









YO CORRÍA





Era el delicioso ‘83,

claro que en él no tenía

esta tendencia barrosa

a volver sobre los pasos; yo corría,

y la mañana corría conmigo: perros en la plaza,

un chico y su bicicleta,

la señora que se apartó para que yo pasara.




Como una música ordenada,

todo tendría que haber continuado su marcha

hasta la consumación:

cada perro encontrar a su amo,

el chico llegar a grande,

y el árbol, que nos cubría a todos,

perder su flor azul y ser un bosque.



Pero ninguno se ha movido: aún no.

Suspendidos en su arrobo,

los hechos pierden una cualidad

que les es propia: la transitoriedad;

vistos al trasluz, persisten como cristales:

son punzaduras, caligrafías,

dorado sílex en tierra carpida.



Y como la fotografía

sólo captó que yo corría,

esa mañana no miente ni ha cesado:

los perros aún husmean papeles en el viento,

el chico cruza veloz entre hojas,

la señora apura el paso,

y yo, más liviano que el aire,

no he dejado de correr y tampoco he llegado.









CABALLOS Y ALFILES




Moverlas no pude, las piezas

fueron todas movidas por una fuerza

insuperable. Pero era bello verlas cruzar

de un extremo al otro del tablero,

y agazaparse como gorriones y levantar vuelo.







LA CAVERNA




Tiene la sustancia del mundo: la oscuridad;

una boca por entero abierta,

largos silencios de gigante que no se entienden;

el viento ha arrojado allí unas pocas palabras y las repite,

pero no son más que palabras, pues no regresan.



Yo permanezco a su lado: del lado del fuego.

Observo la entrada y me descubro

recortado en la sombra (no soy más que sombra).

Tengo la sustancia de los hombres:

curiosidad y asombro, espera y obstinación.







(*) Rafael Felipe Oteriño: nació en La Plata (provincia de Buenos Aires, Argentina), en 1945. Ha publicado los siguientes libros de poesía: "Altas lluvias" (Cármina, 1966), "Campo visual" (Cármina, 1976), "Rara materia" (Cármina, 1980), "El príncipe de la fiesta" (Cármina, 1983), "El invierno lúcido" (El imaginero, 1987), "La colina" (Ediciones del Dock, 1992), "Lengua madre" (Grupo Editor Latinoamericano, 1995), "El orden de las olas" (Ediciones del Copista, Colección Fénix, 2000), "Cármenes" (Vinciguerra, 2003), "Ágora" (Ed. del Copista, Colección Fénix, 2005). En 1997, el Fondo Nacional de las Artes publicó su Antología poética. Reside en la ciuda bonaerense de Mar del Plata.

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